Degustaciones de vino para todos los bolsillos

¿Sabéis qué? Cuando alguien tiene una idea que cree novedosa y que puede funcionar dentro del mundo de los negocios tiende a callarse, o a hablarlo con las personas más íntimas, con el fin de que nadie pueda robarle esa idea pero yo soy de las que piensa que todo está inventado ya y que las ideas novedosas no son más que “variantes” de lo que ya conocemos. Lo verdaderamente interesante es conseguir que esa variante, que esa diferencia, haga único a un negocio, un servicio o un comercio y, por supuesto, que eso haga que funcione y tenga éxito.

Yo llevo varios meses barruntando una idea que me viene y me va de vez en cuando pero en lugar de callármela esperando a que un milagro me dé el valor de emprender con ella yo misma, voy a contárosla con la esperanza de que alguien con más dinero o menos miedo que yo la ponga en marcha.

No pretendo ser una “soñadora” llena de ilusiones sino una persona realista. Para emprender hay que tener dinero, o mucho valor, y yo no tengo ni una cosa ni la otra. La seguridad que me da el hecho de tener una nómina a final de mes asegurada con la que dar de comer a mi familia y pagar los gastos de la vivienda es lo que me hace feliz, y arriesgar eso me supone un agobio y un estrés con el que sé que no podría vivir.

Yo soy de las que piensa que se ha de vivir lo mejor posible porque estresarse por una tontería no tiene sentido. Hay cosas muy importantes, y este año con la pandemia se nos ha demostrado dándonos en todas las narices, así que mientras haya salud y podamos vivir con cierta tranquilidad yo me conformo. Y que conste que admiro profundamente a quienes dejan su vida porque no les llena y se lanzan a la aventura, a recorrer mundo, o levantan un negocio de la nada porque es lo que realmente quieren en esta vida. Los admiro, y mucho. Pero yo valoro mucho la seguridad de mi familia y la tranquilidad que me da el hecho de saber que no les va a faltar de nada. El estrés y el agobio son dos sentimientos o estados de ánimo que pretendo descartar de mi vida, a no ser que lo que venga de frente sea algo realmente importante como la salud de los míos o su bienestar.

La idea

El caso es que tengo una idea rondándome la cabeza desde hace tantísimo tiempo que hasta he hecho planes y presupuestos para saber qué coste podría tener montar algo así y cuánto podría costar que empezase a funcionar. No es una auditoría de mercado, por supuesto, no he hecho tanto trabajo para nada, hablo solo de ideas aproximadas de lo que podría ser, y os lo cedo, a todos vosotros, para que la llevéis a cabo o para que os dé un extra de creatividad y podáis obtener una idea aún mejor.

Del mismo modo que funcionan otros establecimientos de hostelería donde el camarero no tiene una presencia tan importante como sí lo puede tener en un restaurante tradicional, mi idea se basa en la posibilidad de crear una especie de espacio para beber vino (con alguna tapa) donde el cliente pueda probar y servirse aquellos vinos que realmente quiere probar mientras disfruta de una animada charla con amigos y familiares. Hablo de un espacio “gourtmet” pero adaptado a los tiempos de hoy en día donde jóvenes treintañeros podrían reunirse y disfrutar de una agradable jornada.

Tengo pensado todo, incluso el diseño del establecimiento. Una pared simularía, con un mural, ser una especie de bodega subterránea, de esas antiguas que parecían cuevas, mientras que las otras tres paredes delo local estarían pintadas en un color crema  claro, que no dé sensación de agobio pero donde predomine el tono marrón y bermellón. Todo esto, según estos pintores en Tarragona, podría suponer un coste de alrededor de 5.000 euros, dependiendo del tamaño del local, sobre todo por el trabajo que llevaría pintar ese enorme mural realista que, en mi idea, quedaría entrando a mano derecha.

La pared del fondo estaría destinada a la barra, donde los clientes pagarían un mínimo de 15 euros por persona para disfrutar de las “bondades” del local, pero donde además tendrían diferentes suplementos para disfrutar de una zona Premium y de diferentes tapas como “tabla de jamón ibérico”, “tabla de quesos curados”, “tabla de jamón y queso”, “tabla de mariscos” y alguna que otra cosa más, pero no demasiadas. Aquí la carta de tapas es el acompañamiento, no la base del negocio.

Así pues, son sus 15 euros abonados en barra y una copita muy pequeña, casi de adorno, que les entregarían en barra tras abonar la tasa, podrían tomar asiento (con o sin sus tapas) y empezar a degustar los vinos de la casa. Y es que en la pared de la izquierda instalaría varias vinotecas a medida que, por lo que he visto en la web de Vicave y la idea que tengo en mente, hablaríamos de unos 500 euros por vinoteca. Así, el cliente podría levantarse cuando gustara y podría probando los diferentes vinos sin límite, pero con cabeza. Digo esto porque la idea no es vender alcohol para que cuatro salgan borrachos del local, sino vender la experiencia de la degustación a un precio más o menos equilibrado para que los verdaderos amantes de esta bebida puedan disfrutar de las texturas, los sabores y los toques afrutados o amargos que aporta cada caldo.

Sobre cada vinoteca instalaría un neón clásico que denominara lo que hay en su interior. Por ejemplo, una vinoteca sería “Tintos Rioja” y otra podría ser “Blancos frescos” donde podría poner un par de Albariños, un Txacolí, algún Ribeiro o Verdejo, etc. Esos neones rondarían los 45 euros cada uno, por lo que veo en los precios de Oh My Neon, y serían fáciles de instalar y cambiar llegado el caso.

Así pues, por 15 euros, cada cliente podría tener una perfecta degustación a su ritmo y gusto mientras pasa una agradable tarde con amigos, o por un poco más (25 o 30 euros), disfrutar también de un par de tapas en la mesa con los que degustar también fantásticos quesos curados, un buen jamón, o algunos mariscos.

Mi intención no es crear, por ende, un 100 montaditos, o un Lizarrán, pero sí podría (basándome en su estilo) crear un establecimiento gourmet que pueda ser disfrutado por un número mayor de clientes que un restaurante de alta gama con vinos caros. Mi clientela sería gente de entre 30 y 60 años, a la que le guste el vino, la charla y la elegancia, sin tener que gastarse un dineral por cabeza para poder pasar una agradable jornada con sus amistades.

Ahora, una vez expuesta mi idea diseño os hablo de ganancias. Un vino decente pero sin necesidad de ser un caldo premium podría costar una media de entre 15 y 20 euros la botella. Si un cliente prueba 6 botellas diferentes en las copas que tengo pensadas estaríamos hablando de ¼ de botella de media, lo que me supondría un coste de unos 5 euros por persona, más impuestos, pago de local, salarios empleados, etc. Teniendo en cuenta eso, creo que sobrar lo que sería una botella por persona como mínimo es un buen precio. ¿No?

 Y dicho esto, ¿quién apostaría por una idea así? O ¿quién cree que es una idea desastrosa?